jueves, 14 de febrero de 2013

La sirena que perdió la cola



Cuenta el danés Hans Christian Andersen que había una vez una sirenita que vivía muy feliz en el mar, y un día se enamoró de un hombre terrestre bastante egoísta, distraído y engreído… (Bueno, como casi todos los hombres, ¿no?) La sirenita conoce a este hombre terrestre cuando le salva la vida al rescatarlo de un naufragio. Con amor, lo abriga y lo cuida hasta que el hombre se recupera. Para entonces, ella ya estaba más que enamorada y toma una decisión: En lugar de quedarse viviendo en el océano, donde era feliz y nadaba a sus anchas, entrega a una hechicera su voz y su poderosa cola de pez tornasolada a cambio de un par de piernas que la dejan caminar a la par de él…¡pero con enorme dolor a cada paso! Finalmente, el cuento termina cuando él se enamora de otra mujer (que no le salvó ninguna vida) y la sirenita se desvanece en el aire…volando con no se qué cuernos de “hadas de los vientos” que inventa Andersen, porque seguramente puso “ella muere “y su editor le dijo “demasiado trágico”.
Ignoramos si Andersen sabía lo que ahora sabemos sobre las sirenas, pero lo cierto es que, siendo la sirenita feliz y poderosa en su reino, ella insiste ¾por amor¾ en tener una vida terrestre dedicada a un narcisista ingrato. Por esa decisión pierde su libertad, la felicidad y hasta la vida.
Por siglos nos han querido convencer de que no somos nadie sin un hombre. La verdad es que un hombre no es nadie sin nosotras. Pero si una sirena autosuficiente y capaz de todo se enamora perdidamente de un hombre que no respeta su lugar de sirena independiente, es probable que ella pierda su propia voz y sus piernas, y ya no pueda moverse con la libertad que conocía. A veces ni siquiera necesita que un hombre la someta: se somete ella misma suponiendo que una mujer sometida será más del agrado de su hombre. El mundo está lleno de doctoras en neurobiología que luego de trabajar todo el día, llegan a su casa y se tienen que ponen a cocinar mientras su marido ¾un músico frustrado que no aporta dinero en casa¾ sigue  mirando televisión. Ella es inteligente y sabe que eso que está haciendo está mal, que es humillante consigo misma. Pero no puede dejar de hacerlo. Sigue, inconscientemente, un mandato ancestral de servidumbre. Es la “mentalidad de esclavo” de la que hablábamos antes: “quiero serle útil y atender a mi hombre… o me echa a patadas de su vida y me cambia por una esclava más eficiente”.
En el pasado, las sirenas proveían de alimento a toda la comunidad y sus maridos eran zánganos, es cierto. En verdad, en casi todas las especies las hembras hacen todo y los machos sólo sirven para preñarlas y pelearse entre sí en los tiempos libres. Pero en esas sociedades, los mejores bocados son para las mujeres y los niños, las mujeres definen dónde se asienta la comunidad, las mujeres reparten las cosechas y las mujeres tienen el poder. El problema es que en nuestra sociedad, las mujeres hacemos de todo, los machos siguen siendo zánganos… pero perdimos el poder, les damos al macho el mejor de los bocados mientras decimos “me gustan las tostadas quemadas” o “lo que más me gusta es la carcaza de pollo”; vivimos relegándonos a segundo plano. Tampoco exigimos reivindicaciones en una sociedad que se dedica a castigar a las mujeres con publicidades nada inocentes, donde nos van marcando nuestro rol desde pequeñas: “Mujer: debes ser rubia, delgada y con pechos turgentes. Debes ser siempre joven y además, sólo sirves para cuidar a los niños, lavar la ropa, limpiar la casa, estar siempre maquillada y tener un pelo sedoso, brilloso y lacio”. (Me pregunto …¿qué tiene la sociedad contra los rulos y rizos?) Después están los famosos avisos que muestran “el antes” y “el después”, en los que se supone que el antes está mal y el después está bien. En lo personal, a mí siempre me parece más bella la mujer que aparece en la foto del “antes”.
La realidad que vivimos, el mensaje de los medios de comunicación, todo va teniendo el mismo sentido: si de pequeña ves que los premios van a los hombres, los cargos políticos van a los hombres, los honores van a los hombres y todas las calles, avenidas, aeropuertos y edificios del mundo tienen nombres de hombres… ¡Te queda más que claro quién manda en la sociedad! ¿Lucharías contra eso? ¡No, si ya sabes que es como si una pulga quisiera ir en contra del poder de un elefante! (tú serías la pulga, por si hace falta aclararlo) ¡Es una batalla perdida de antemano! Entonces no nos queda más que adaptarnos a lo que se espera de nosotras y hacemos esfuerzos sobrehumanos por ser las mejores madres y las más perfectas esposas.Ah, y claro, ¡de tener el pelo lo más liso posible! 

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